MAS SAHARA

 

Cuaderno de ruta: Boujdour (Bojador),  Dakla (Villa Cisneros), Camping 25 y… ya llevo 3320 kilómetros

 

En dos jornadas, eso sí con el viento de culo, Alexander, mi nuevo compañero, y yo llegamos desde Bojador a Dakla, la antigua Villa Cisneros.

 

Hicimos una noche antes de llegar a Dakla en una gasolinera que hay entre las dos ciudades y donde la policía, avisada por sus compañeros del anterior puesto de control que pasamos, nos esperaba. Nos dijeron que no podíamos continuar y que teníamos que pasar la noche allí; yo les contesté que no me apetecía dormir “cerrado” pudiendo dormir libremente en el desierto y les insistí diciendo que no tenía dinero para pagar la habitación, me contestaron que era gratis, que no tenía que pagar nada y así fue como en una habitación en la planta superior de una gasolinera pasamos la noche (una forma especial de controlarnos). Yo eché de menos el somier de arena del desierto y la libertad que te proporciona.

 

Dakla es la última ciudad del Sahara Occidental ocupado por Marruecos, a continuación  en los 400 kilómetros siguientes hasta la frontera con Mauritania no hay nada más que desierto. Es una ciudad donde hay duchísimos militares y que no se parece y no tiene que ver nada con las ciudades de Marruecos que he visitado; está limpia y “nueva”, es próspera y está ubicada al final de una larga y estrecha península de 40 kilómetros y a la que cada vez llegan más marroquíes de todos los lugares del país atraídos por el trabajo, los mejores sueldos y la exención de impuestos por parte del gobierno marroquí.

 

Aquí pasé dos días con Alexander y dos nuevos ciclistas, una pareja, él inglés y ella de EEUU. Como casi siempre los españoles, no sé por qué, solemos caer bien, y más en el Sahara, la gente me saludaba y hablaba conmigo. Pero como las ciudades cada vez me agobian más dejé Dakla y emprendí camino en bici, ahora yo solo. Alexander lleva otra forma de viajar diferente a la mía, quiere hacer muchos kilómetros sin detenerse para nada ni conocer ni hablar con la gente, todo pensado y calculado como buen alemán y para eso tiene  su moderno GPS que le informa los kilómetros, la velocidad, la dirección del viento, la pendiente de la carretera, etc,…aunque alguna vez se enfada con él, con el GPS, cuando le indica que hay algún pueblo u otro aspecto y luego no se corresponde con la realidad y entonces me dice -esto en Alemania no pasa. Todavía recuerdo cuando nos encontramos en la carretera por primera vez y me preguntó que si yo llevaba GPS  y le contesté – my GPS is the people , me miró extrañado y me volvió a preguntar lo mismo y yo también le contesté lo mismo -myImage GPS is the people. Le miré y me reí, creo que no me entendió.

 

 

Cuando llevaba unos 25 kilómetros de pedaleo desde que salí de la ciudad pasé por un lugar que cuando iba para Dakla, ya os he dicho que está situada en el extremo de una larga y estrecha península y por tanto ahora yo recorría el mismo camino que había hecho con anterioridad pero en dirección contraria,  me llamó la atención. A orillas de una gran bahía del mar, en el desierto había un montón de autocaravanas, paré, me gustó el sitio y monté mi haima. Allí, en ese pueblo de autocaravanas, según me dijeron en esta época del año suele haber unas 150, pasé cinco días. A esta zona la llaman el “25” por estar situada a esos kilómetros de Dakla. En este lugar hay un buen ambiente y aunque la mayoría de  las gentes son matrimonios jubilados franceses que pasan allí meses y meses, también hay, con sus furgonetas convertidas en casas,  jóvenes de todas las nacionalidades amantes del kate surf, ya que debe ser este lugar uno de los mejores sitios, casi del mundo, para practicar este deporte de viento y mar. Aquí conocí a Carlos, un sueco que también viaja en bici y que quiere llegar a Sudáfrica.

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Estos días que estuve en el “25” fueron tranquilos, lo pasé muy bien, bañándome en el mar, caminando por la bahía o desplazándome hasta el otro lado de la península  llegando al océano Atlántico donde se dan grandes y fuertes olas para practicar el deporte y  hablando con unos y con otros. Un tema muy frecuente era los sobornos de la policía marroquí a la gente que viaja con autocaravanas o furgonetas, yo por suerte me libre de ellos, yo viajo en bici. El ambiente se anima más los fines de semana con la llegada de  familias enteras y gentes de la ciudad que vienen a pasar el día a la playa.

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Aquí conocí a Mami, un chico de 24 años a quien  el color amarillo-raro de sus dientes  delataba que había vivido en los campamentos de refugiados saharauis  y es que los dientes se les quedan de este característico color debido a la gasolina y gas que contiene el agua que beben. Este saharaui da cursos de kate surf y también alquila haimas para la gente que va a pasar un día a la playa. Siempre que pasaba por su haima, donde vivía, me invitaba a entrar,… eso sí, antes de entrar me tenía que limpiar con un cepillo que me proporcionaba la arena de los pies. Allí, entre tes, leche de camella, tajine de carne de camello, almendras y dátiles, me habló muchísimo de sus 4 veranos que pasó, cuando el tenía entre 10 y 14 años, en Ponferrada, en Castillaleón, como Mami decía, con su familia española y me habló de su dura vida en los campos de refugiados políticos  de Tindouf. ¡Cuántas veces me repetiría lo de su familia española de Ponferrada, los nombres de sus padres, los de sus tres hermanos, los de sus abuelos no solamente los de Castillaleón sino los de Galicia! Creo que guardaba y guardará un buen recuerdo de sus veranos españoles.

 

Me contó también como abandonó con toda su familia, excepto su padre, el campo de refugiados para volver al Sahara y que según me dijo Mami su padre de allí no saldrá hasta que Marruecos  abandone el Sahara ya que él es un dirigente del Frente Polisario y  a pesar de que si dejara el Frente Polisario y lo manifestara públicamente y volviera al Sahara ocupado por Marruecos el gobierno marroquí le daría una pensión que le permitiría vivir cómodamente, pero… que  su padre sigue fiel a sus ideas.

 

salud

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HUMILLADO por el viento sahariano, pero valiente.

Cuaderno de ruta: El Aaiún, El Marsa, Bojador, 200 kilómetros.

Después de desayunar con el saharaui “segovia” salí temprano de la ciudad del Laayoune. En poco tiempo recorrí los 25 kilómetros, Laayoune está en el interior, que separan la ciudad de su puerto pesquero, llamado El Marsa, el cual está creciendo mucho y tiene una gran zona industrial dedicada a la conserva del pescado.

Al salir de esta ciudad-puerto me encontré, como quien dice, de golpe y porrazo con el viento de frente. Mi velocidad disminuyó, el avanzar por esas rectas interminables con asfalto rugoso y ondulado se hacia difícil. La velocidad, en mi cuentakilómetros, a  pesar de mi esfuerzo no superaba los 10 kilómetros por hora. Aunque es la única carretera que atraviesa el Sahara de norte a sur, la N-1, no hay mucho tráfico, pero cada vez que me adelantaba o me cruzaba con un solitario camión lanzaba mucha arena contra mí. Al rato paro un coche, su conductor me dio una botella de agua y en perfecto castellano me dijo que el viento no pararía hasta dentro de un par de días y que a unos pocos  kilómetros de allí venía otro ciclista. Continué “pedaleando contra el viento”, como diría mi amigo Miguel, contra el dios Eolo. Mi moral, al no avanzar, se vino abajo, se derrumbó. Me detuve al encontrarme con una camioneta parada en el lado contrario. La camioneta invadía parte del carril contrario, estaba levantada y sujetada por unos bidones de metal de esos de 200 litros, y debajo de ella tres personas, dos de ellas mecánicos, se afanaban en cambiar todo el eje trasero a la vez que tomaban un té. Les saludé, no hablaban nada más que árabe, me dieron té que me tomé a la sombra que proporcionaba la camioneta, creo que la única sombra en muchos kilómetros a  la redonda, me tumbé, descansé e incluso me dormí un rato. Cuando los mecánicos terminaron su trabajo nos despedimos, los ocupantes de la furgoneta continuaron hacia el norte y yo hacia el sur,… contra el viento.

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En todo el día no había podido avanzar más de 60 kilómetros. En un momento apoyé mi bici en una señal de la carretera y distinguí a lo lejos que venían tres autocaravanas seguidas, al ir acercándose a mí, vi, ¡cómo no!, que eran francesas,… les hice un gesto con una botella de agua vacía, y…no pararon, incluso creo que aceleraron, no debieron entender mi gesto, eran europeos. Al rato cruzó un viejo coche que remolcaba a otro vehículo, hice el mismo gesto que a los de las caravanas, éstos sí debieron entenderlo, pararon, eran tres saharauis y con una botella me llenaron mis dos bidones de la bici. Espere otro rato, pasó una furgoneta, creo que me entendieron y yo a ellos, con gestos me dijeron que no tenían agua. Durante un buen rato no pasó ningún vehículo más, hasta que a lo lejos divisé un camión que se iba acercando poco a poco, tampoco paró pero… por la ventanilla lanzaron contra la arena una botella de 1700 cls., llenita y  perfectamente cerrada.

En media hora habían pasado 6 vehículos y yo había conseguido casi 3 litros de agua, suficiente para beber un poco, cocinar esa noche y desayunar al día siguiente. Además del fuerte viento este es el día que más calor ha hecho desde que llevo en el desierto, mi termómetro marcó los 33 grados y con el viento tan seco la sensación era muy, pero que  muy calurosa. Hasta ahora en el Sahara por la noche suele bajar la temperatura bastante y por el día no ha hecho un  calor excesivo, unos 20, 22 grados como máximo, aunque  el sol es muy fuerte. Quiero recordar que me encuentro en la zona del trópico de Cáncer.

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Donde estaba decidí pasar la noche contento de haber conseguido agua y protegido del viento por una pequeña construcción de piedras que allí había y deseando y ansiando  que al día siguiente no hubiera viento. Durante toda la noche el viento fue fortísimo por lo que la mañana siguiente no me sorprendió,  viento,  viento y viento y además dirección norte, y yo voy hacia el sur. Pedaleé. Al poco paré un rato para descansar; los kilómetros parecían no correr,  no avanzaba. Como diría mi paisano Doroteo, “estaba humillado pero valiente”. El viento, el dios Eolo, me había humillado y me hizo sentir una  tan insignificante poca cosa en esa inmensidad del desierto que…, e hizo que casi no fuera capaz de avanzar…, pero…, a la vez hizo que todavía estaba valiente y con ilusión de seguir atravesando este inmenso desierto con mi “picala”, mi bici.

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Estando allí al lado de la carretera vi de lejos una figura que se acercaba muy despacio por la carretera. Pensé, no es un coche, no es un camión, es… una bici. Cuando se acercó más, efectivamente pude comprobar que era una bici, de esas que el ciclista  va casi tumbado con los pies por delante. Su conductor se llama Alexander y era el ciclista que el día anterior me habían hablado de él; un alemán que lleva más de 7000 kilómetros desde que salió de su ciudad. Su intención es llegar a Sudáfrica y regresar por el este del continente  africano dirección sur norte. La llegada de este ciclista me dio fuerza a mi moral humillada y juntos pedaleamos un buen rato contra el viento hasta que cansados decidimos acampar. ¡Qué noche sahariana!, el fuerte viento que nos acompañaba  y además… apareció… la lluvia. Estoy en uno de los sitios del mundo que menos llueve, pero esa noche llovió y… mucho. A mitad de la noche y al ver que en el suelo de mi tienda había agua, -no la he montado bien tensa y está entrando el agua- pensé, pero al salir de ella, todo alrededor era un lodazal, el suelo es muy arcilloso y por eso el agua no filtraba. Así que tanto Alexander como yo amanecimos  en un charco y todas nuestras cosas mojadas. Y el sol se resistía a salir de detras de las nubes para que secara un poco nuestras cosas, el saco, la esterilla y demás… Esperamos pero… encima de vez en cuando llovía otro rato. Al final decidimos guardar todo y seguir hacia la ciudad de Boujdour (Bojador), nos separaban unos 50 kilómetros, pero que curioso paisaje… el desierto inundado, incluso en algún lugar el agua pasaba por encima de la “carretera”. Llegamos a la ciudad y  pasamos la noche.

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Bojador es una ciudad situada en el cabo del mismo nombre, en el noroeste del Sahara Occidental Ocupado, a unos  200 kilómetros al sur del Laayoune (El AAiún).

El primer navegante  europeo que llegó hasta el cabo fue el marino portugués Gil Eanes en 1434 en su decimoquinta expedición, bajo los auspicios del príncipe Enrique el Navegante. La desaparición de muchos barcos europeos que navegaron por la zona había dado lugar a mitos como el de la existencia de monstruos marinos y el de la imposibilidad de pasar el cabo Bojador hacia el sur.

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La principal preocupación en los viajes de cabotaje residía en los cambios de los vientos que se producen en la zona próxima al cabo Bojador, donde comienzan a soplar fuertemente del noreste en todas las estaciones. Ese famoso viento es el que a mi me humilló.

Salud.

Entro en el Sahara ocupado

Cuaderno de ruta Tarfaya, Laayoune (El Aaiún), 198 kms.

Al día siguiente, más pedaleo, más desierto. Recorrí unos 60 kms. y llegué a Tarfaya. Un pueblo grande, la última localidad de Marruecos antes de entrar en el antiguo Sahara Occidental español y donde de nuevo comí un  buen pescado frito, compré agua y alguna provisión más y continué camino hacia Laayoune (El Aaiún). Dejé la carretera que traía, la principal que atraviesa el Sahara Occidental de norte a sur y que va por el interior, y tomé una secundaria, que no aparecía en mi mapa, pero de la que los tres ciclistas vascos me habían hablado. Esta carretera secundaria va por la costa. A la salida de Tarfaya aparece un  paisaje monótono, desierto de piedras, tierra y algún arbustillo y a mi lado derecho el mar. Pero cuando llevaba caminados unos 30 kilómetros el paisaje comenzó a cambiar surgiendo y volviendo a surgir dunas y dunas de arena, una aquí, otra allí y de vez en cuando la arena, empujada por el viento, tapaba algún trozo de la “carretera”, por supuesto sin tráfico.

Como llevaba ese día ya algo más de 100 kilómetros decidí terminar la jornada de pedaleo y empezar otra vez a luchar contra el viento para poder colocar la haima. Dormí detrás de una duna y ¡qué puesta de sol!, las mezclas de colores de la arena de las dunas, las tonalidades del sol escondiéndose detrás de una de ellas y ¡qué noche tan estrellada! y ya lo he dicho muchas veces que ningún hotel, por  muchas estrellas que tenga, puede llegar a tener las   miles y miles de ellas bajo las que yo dormí esa  noche.

Al día siguiente más desierto y es que, como sabéis, estoy en el Sahara. Por estos casi 100 kilómetros de carretera pegada a la costa de vez en cuando aparecía una pequeña haima o chocita de pescadores, que se iba alternando con otras casitas donde viven militares y policías para controlar el tráfico ilegal de hachís y de personas y es que las Canarias están muy cerquita.

Al final llegué a El Aaiún, la ciudad más grande  e importante del Sahara Occidental Ocupado, considerada por el Frente Polisario  y por 81 estados más como la capital de la Republica Árabe Saharaui Democrática que también fue  la capital del antiguo Sahara Español hasta diciembre de 1975, cuando tras la marcha  de miles de marroquíes hacia el Sahara -planificada por el rey Hasan II– que después se denominó “Marcha Verde“, se firmaron los Acuerdos de Madrid, por los que España cedió el Sahara a Marruecos y a Mauritania, quienes tuvieron que enfrentarse luego con el saharaui Frente Polisario, apoyado por Argelia. Los marroquíes ocuparon la ciudad a principios de 1976 causando un éxodo de saharauis hacia Argelia para escapar de las represalias marroquíes por su apoyo al Frente Polisario. En su persecución a la población saharaui que huía hacia el sudoeste de Argelia las fuerzas aéreas marroquíes utilizaron napalm, fósforo blanco y bombas de fragmentación contra los refugiados. De esta Marcha Verde y de la gasificación por parte de la monarquía marroquí  a los saharauis  es de lo que me habló el “Abuelito Saharaui” y cuando se me pusieron los pelos de punta al oír las atrocidades que pueden llegar hacer los estados con su monopolio de la violencia ejercido por sus  fuerzas armadas para conseguir territorios y poder económico. En fin…

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 Allí en la parte más vieja de la ciudad pase dos noches; un día me lo tome de descanso pues llevaba 7 días seguidos pedaleando. En esta ciudad sin nada de turismo, creo que no vi  a ningún extranjero occidental en los días que pase en ella aunque  sí  vi algunos extranjeros senegaleses  que se dedican a la venta ambulante sobre todo de móviles de última , ultimísima generación y algún mauritano, con uno de ellos estuve hablando un buen rato, hablaba un perfecto castellano, me contó que había vivido mucho tiempo en España, que  ahora iba para allá, no a trabajar ya que ahora -me dijo- que no encontraba trabajo de nada, sino que iba a renovar su permiso de residencia por sí en un futuro se arreglaba la crisis en “mi” país.

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Aquí de nuevo vi lo que ya llevo viendo desde hace unos cuantos días, desde que entre más o menos en el Sahara, y es la mayor presencia en la vida pública y social  de las mujeres, se las puede ver en las calles, en los trabajos de cara al público y además, las que son saharauis, con los  vestidos tan vistoso que llevan, esa tela enrolladla al cuerpo con esos colores tan vivos.

Mucha gente al verme extranjero me saluda y habla conmigo, los más jóvenes saben español por la emigración a España y los más mayores por su pasado español.

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El día siguiente al de descanso en la ciudad del Laayoune  me levanté, preparé todo, la bici y los bultos y me fui a tomar un café y en la cafetería fue donde conocí a un joven saharaui que había vivido en España durante 10 años, era el camarero del bar. Con su perfecto castellano me contó muchas cosas sobre la problemática del Sahara y también de su vida en España y casualidad, vivió durante 6 meses en mi ciudad, en Segovia, donde trabajaba en una cadena de esos restaurantes de comida rápida, ¡cómo se acordaba del duro invierno de esta ciudad!,  también me dijo que su vida no era ejemplo de nada, siguió contándome que  después de pasar por multitud de oficios y ciudades en España se dedicó a traficar con hachís, le iba muy bien económicamente y le dio por comprar pendientes y anillos de oro, incluso   me mostró los agujeros que tenía todavía en diversas partes de su cuerpo, orejas, cejas, pero un día la guardia civil, les pillaron, a él y a tres compañeros más, con muchos kilos de hachís, por lo que cumplió casi 3 años de condena, el resto de ella se la conmutaron por la expulsión del país y el no poder regresar a España. Mientras charlábamos me sacó el desayuno típico de esta zona, aceite de oliva, un quesito y pan además del café; no me cobró nada.

Todavía me queda mucho desierto, mucho Sahara que atravesar, ya iréis teniendo noticias

 

Salud

El abuelito Saharaui

 

Cuaderno de Ruta: Sidi Ifni, Guelmim, Tan Tan, cerca de Tarfaya, 420 kms.

 

Salí el día 1 de Enero de Sidi Ifni, era temprano y la ciudad parecía aún dormida.  La carretera abandonaba la costa, se metía hacia el interior del continente, subidas y más subidas por tierras áridas, rojizas, con chumberas, algún pequeño pueblo y casas aisladas. Coroné un pequeño portachuelo desde donde se divisaba todo la planicie de tierra blanca y muy, si cabe aún más, muy árida. Descendí, llegué hasta la ciudad de Guelmim, ciudad que pasé de largo, solo me detuve para comprar agua y pan. Planicie y desierto,  no hay más. Cuando  llevaba unos cuantos kilómetros en donde no se ve a nadie ni nada, sin saber de donde salió una persona con su turbante negro y su chilaba y me dijo -té, le acepté la invitación. Detrás de una piedra tenía un pequeño fuego, encima  una pequeña tetera; como pudimos, ya sabéis, gestos, palabras sueltas en francés, en inglés,  en árabe, en español,… nos comunicamos mientras el pequeño rebaño de ovejas que cuidaba, en número de ellas no eran superior a 12, pacían y careaban no se el qué porque no había nada más que arena y piedras; mientras bebimos dos tacitas de té, porque la pequeña tetera no daba para más, le entendí que dos kms. más adelante, donde giraba la carretera al lado izquierdo de ella, había un pozo. Le entendí bien, efectivamente a dos kms. allí estaba el pozo, levanté una tapa metálica de la cual colgaba una cuerda, la recogí y salió una lata de esas de kilo llena de agua y acampé allí al lado del pozo, el agua no me faltaría.

 

Al rato, otra vez,  y sin saber de dónde salían, aparecieron  dos chicos jóvenes, se acercaron donde tenia colocada la haima, me dijeron que tenian 17 años, nos entendimos como pudimos, me dieron unas mandarinas y nos despedimos.

 

Por la mañana cuando me desperté no sabía  de dónde había salido tanta humedad la tienda de campaña y la bici estaban caladas y el termómetro marcaba 2 grados.

 

Empecé a pedalear por zona muy, muy árida. Al entrar a la ciudad de Tan Tan, una ciudad en medio del desierto enclavada en un pequeño oasis y donde en estas fechas, en sus costas,  había embarrancado un barco con 5000 tms. de petróleo, me paró la policía. Hasta ahora en Marruecos he pasado por muchos controles de policía y gendarmería, en ninguno me han parado y la actitud de ellos hacia mí ha sido más o menos la misma, la total indiferencia e incluso el ignorarme  mirando hacia otro lado, me veían pasar pero ellos seguían a lo suyo, y yo a lo mío. Pero ahora estoy en el Sahara Occidental ocupada  y aquí creo que la cosa cambia. Delante de una pequeña garita situada al lado de la carretera había un policía que me dio  el alto mientras otro policía, en cuclillas, se afanaba en lavar dos tacitas de té,  me pidió el pasaporte, se lo di, se lo llevó dentro de la garita, salió de la garita, me miró, me preguntó todos los datos que registra el pasaporte, además me interrogó sobre mi destino, le contesté, se metió de nuevo a la garita, y yo allí encima de mi picala (bici en árabe), salió de la garita, me dio el pasaporte y me dijo –Polisario-, hice un gesto cómo que no entendía, de nuevo me dijo -Polisario-, le contesté, en español, no te entiendo. Me preguntó profesión y le dije agricultor, pues poder aclarar la profesión de agricultor me puede resultar sencillo, puedo explicarlo, aunque sea con gestos,… así que desde ahora soy y seré “agricultor”. En  Tan Tan  pasé una noche.

 

Al día siguiente la carretera se pegó otra vez a la costa, una gran llanura y unos, siempre lógicamente a mi lado derecho, impresionantes y hermosos acantilados donde había pescadores que desde lo alto lanzaban su caña y allí, en medio de la nada, pasan semanas y incluso meses enteros, viviendo en pequeñas tiendas y cabañitas, muchos de ellos vienen, a veces,  desde ciudades muy lejanas. Cada dos días pasa una furgoneta a la que venden el pescado  capturado y ésta les proporciona  agua y pan. Parecían, no resulta difícil de suponer,  pescadores de alta mar que pasan varios meses faenando con sus barcos, pero éstos allí en el medio del desierto. Pensé qué vida mas dura! De esta manera fui haciendo kilómetros, de vez en cuando paraba y charlaba con ellos o me tomaba un té. Pasados muchos kilómetros una bajada acababa por cruzar un río seco y una bonita playa ¡cómo no!, llena de autocaravanas de franceses. Nuevos controles de policía y más de lo mismo, pasaporte, profesión, (agricultor), destino, etc.

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Acampé cerca del cortado del mar, unos metros hacia un lado  pescadores, y unos metros hacia el otro lado, un par de autocaravanas de franceses. Al día siguiente más acantilados, soledad, pescadores, arena,… Llegué a un pueblo  bastante grande pero que no aparece  en mi mapa, y no es malo, aproveché para comer un buena comida, por 40 dirhams, muchos calamares, varios pescaditos, un pez grandeImage, aceitunas, lechuga y ensalada, pan,…

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Cogí mi bici y a pedalear. A los pocos metros de salir del pueblo me encuentro con tres ciclistas en dirección contraria, por supuesto, paramos nos saludamos. Eran tres vascos dos chicos y una chica, me contaron que habían empezado el viaje hacía 7 días, que habían hecho en las vacaciones de navidad una ruta circular por el Sahara, que cuatro chicas cogieron un bus porque se las terminaban sus vacaciones y ellos cuando llegaran a Tan Tan cogerían un bus hasta Marrachek, para tomar un avión hacia Madrid. Me comentaron que durante los próximos  40 kilómetros no hay nada, y después hay una casa de un saharaui donde, obligados por la policía, tuvieron que pasar la noche; me contaron que la policía estuvo dos días detrás de ellos siguiéndoles en un coche y  que la noche anterior les obligaron a dormir en la casa del saharaui, ese señor mayor “doblegado” en palabras del ciclista-viajero vasco, ya que le dijeron que si la policía decía que los ciclistas dormían en su casa pues lo que la policía dijera se hacia. Me despedí de los tres vascos, al rato cambió el paisaje, de pedriza y arena se convirtió en arena fina y dunas, un paisaje muy bonito y  lo que creo que todos imaginamos como “desierto”.

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Mas o menos a los 40 kilómetros encontré la casita del “abuelito saharaui doblegado”, paré, compré agua, y el abuelito saharaui me contó que la noche anterior habían dormido allí tres paisanos míos, me preguntó que por qué iba en bici, le dije que por que si voy en coche no le hubiera conocido a usted, asintió con la cabeza y creo que le di confianza. Le pregunté una pregunta de Perogrullo: ¿por qué habla usted tan bien español? Esta pregunta sirvió para que el abuelito saharaui empezara hablar, hablar y hablar y yo a escuchar sin cansarme de oírlo. Hablaba despacio en un perfecto castellano usando palabras ya casi en desuso pero castellanas auténticas.

 

Me contó que cómo no iba hablar español que aunque saharaui nació en el 46 bajo bandera española, calculé su edad rápidamente, 67 años, parecía mucho mayor, ahora vivo bajo bandera marroquí, pero lo que deseo es morir tranquilo sea bajo la bandera que sea -dijo. Siguió contándome cosas y por la conversación yo deduje que todavía y a pesar de todo lo pasado abrazaba las ideas del Polisario.

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Me contó cómo vivió personalmente la marcha verde, me habló de sus familiares en los campos de refugiados en Argelia, de cómo hace muchos años salió de la ciudad del Layune (El Aaiún) y se fue a vivir allí donde estaba para trabajar en unas salinas que hay aquí detrás a un kilómetro; de cómo cada dos meses viene un camión de Tan Tan, ciudad distante 200 kms., con agua dulce para llenar su aljibe, de cómo ya no podía trabajar en las salinas ya que  le habían dejado medio ciego y que por eso tenía esa pequeña tiendecita  en su casa para poder salir adelante. Mientras hablábamos, o mejor me hablaba, compartimos unos vasitos de té y continuó diciéndome  que tenía 6 hijos, 4 varones y 2 hembras, pero… sólo me quedan dos varones y dos hembras. Noté como el hombre se emocionaba y con su mano derecha como si fuera un tick, con sus yemas de sus dedos daba pequeños golpecitos en el mostrador para intentar contener la emoción, Me contó que en 1998 uno de sus hijos apareció en un descampado de la ciudad de Layune con el cuello roto, no sabía quién había sido si unos ladrones o quienes, pero sus palabras posteriores desvelaron sus pensamiento, me dijo era un buen hijo pero sus ideas de libertad lo mataron, estaba muy implicado en el Polisario, se tatuaba con henna en el brazo la palabra Polisario. Siguió contando mientras me di cuenta como ya no pudo contener su emoción y a pesar de los golpecitos en el mostrador, sus ojos medio cerrados se enrojecieron y salieron algunas lágrimas que me hicieron emocionarme a mi también, y me siguió contando que otro hijo estaba desaparecido desde hace tres años y que éste…, éste no estaba implicado en el Polisario.

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En toda su charla no vi el más mínimo rencor ni hacia España, ni hacia Marruecos ni hacia el Polisario;  vi a un hombre no se si “doblegado” como dijo el vasco o no, pero sí aburrido y cansado de la vida difícil en el Sahara, Me dio dos panes de esos redondos de por aquí, no hubo forma de pagárselos, no aceptaba el dinero, solo aceptó el corto importe de una botella de  agua y me dijo que a 15 kms había una casa sin techo donde podía montar perfectamente la tienda de campaña, se despidió de mí diciéndome que iba a rezar y yo pensé: que le puede quedar a este hombre más que su Alá y la promesa de otro mundo feliz y eterno. Me dio un fuerte apretón de manos que siempre recordaré.

 

A los 8 o 10 kilómetros después de haber salido de la casa del abuelito empezó a soplar mucho viento tanto que la arena arrastrada corría por la carretera, paré, no tenía intención de seguir el consejo del abuelito, quería dormir… libremente…  ¿por qué no haría caso al abuelito saharaui y llegaría hasta la casa esa que me había indicado?, no, mis ideas de libertad y de dormir allí en medio del desierto me arrastraban con el viento y casi consiguen que al tratar de montar mi haima me hicieran volar como un parapente, pero por fin pude atar la tienda a unas piedras y sujetarla y pasar la noche allí, libre,  en medio de la arena, en medio de la nada, en medio del Sahara.

 

 

 

Salud.

Por el sahara

 

Cuaderno de ruta: Tauroudant, Tiznit, Sidi Ifni, 223 kms.

Ya sin la compañía de Garem llegué a Tauroudant donde pasé dos noches. Un día estuve sin pedalear y me vino muy bien para descansar my legs. Tauroudant es una ciudad famosa por sus murallas de barro y, aunque no mucho, tiene turismo. A mí, la verdad, no me gustó mucho, no me entusiasmó.

Posteriormente, en una sola jornada, eso sí de 140 kms., llegué a Tiznit. Fueron kms. totalmente llanos y por un paisaje, para mi gusto, monótono, al principio de rectas interminables y vallas altas a los dos lados de la carretera tapando los cultivos de naranjas y con invernaderos alternado con zonas áridas y acercándome ya a Tiznit, desierto puro y duro, tierra y piedras. Tiznit me gustó. La ciudad tiene también una muralla de barro a su alrededor y está bastante limpia y cuidada para ser una ciudad de Marruecos. También noté que había muchas más mujeres por la calle y en el zoco que en las otras ciudades por las que he pasado.

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Observé que los hombres empiezan, en esta zona, a llevar turbante por lo general negro o blanco y las mujeres, muchas de ellas, han cambiado la chilaba por el traje típico saharaui de  telas de vivos colores con las que envuelven su cuerpo.

Me encontré un camping para autocaravanas totalmente ocupado sobre todo, por no decir todo, por parejas de jubilados franceses. Por muchas carreteras me habían adelantado estas caravanas y mira dónde iban… hacia el desierto, escapando del frío invierno francés.

De Tiznit fui a Sidi Ifni, capital de Ifni, del ya antiguo enclave español cuando los “españoles” en tiempos de los Reyes Católicos aparecieron y se establecieron por estos lugares, que después sería provincia española y que el 30 de junio de 1969 el gobierno español cedió al Reino de Marruecos.

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Era el 31 de diciembre. Si la navidad, el día 25 de diciembre, estaba en el Toubkal a más de 4000 metros de altitud y a bastantes grados bajo cero, ahora la nochevieja, el final y el comienzo de año, me encontraba al nivel del mar, en la costa-desierto y con una agradable temperatura. Para llegar a Sidi Ifni hay que dejar la carretera principal que va hacia el sur y coger otra, muy bonita y que discurre entre montañas muy áridas por no decir desérticas, con muchas subidas y bajadas y algún pueblo o casita aislada, muchas chumberas y alguna jaima de pastores seminómadas.

Esta antigua ciudad española que tiene su encanto y tiene también  más y más autocaravanas de franceses.

Cené y comí lo mismo y en el mismo lugar. Un plato de pescados fritos, de calamares, gambas y varios peces más  de los que  desconozco su nombre. La noche del último día del año no se celebra mucho por aquí. Yo estuve escuchando un concierto de música en el paseo marítimo y a las 12 de la noche, después de algún cohete, hubo una sesión de  fuegos artificiales. Así comencé el 2014. Feliz año a todos/as aunque cuando leáis esta felicitación ya estará bien entrado el año. Mi cuenta-kilómetros, el de la bici, ya marca más de 2000 kms pedaleados desde que salí de Muñoveros.

Salud.

Del alto ATLAS hacia el DESIERTO

 

Cuaderno de Ruta: Imlil, Asni, Puerto Tizil Ntest, -2100  metros sobre el nivel del mar-, Tauroudant, 210 kms.

 

Después de bajar del Toubkal hicimos otra noche en el pueblo de montaña Imlil donde habíamos dejado, Garem y yo, nuestras bicis. Aquí de nuevo nos intentaron hacer los más variados trueques, cambiar la chaqueta por una manta, las zapatillas por una alfombra,…Pero… no cambiamos nada, ¿qué hago yo sin mi chaqueta y con una alfombra bereber?.

 

Al día siguiente, por el mono de la bici y no porque no estuviéramos cansados,  a pedalear de nuevo. Hicimos los 17 kms. por la ya comentada mala y bonita carretera, con bastante frío, pero… ahora tocaba bajada, y ¡qué hermoso valle!. Llegamos al cruce de Asni y cogimos la carretera que habíamos dejado uno días antes, dirección Agadir y la costa.Image

 

El día fue duro, subidas y bajadas, pero el paisaje lo merecía. Pasamos por varios pueblecitos muy pequeños, con sus casas construidas de barro, prácticamente sin tráfico. Si al subir al Toubkal, a pesar del los dos pares de guantes que llevaba puestos,  las palabras fueron my hands, hielo, este día fueron oh! my legs, cansados, y no solo lo decía Garem,  yo también lo decía cada vez que tenía que subir o  bajar de la bici, y nos mirábamos y nos reíamos porque, verdaderamente, casi no podíamos subirnos a nuestros vehículos y…  oh! my legs, cansados. Y así fuimos haciendo, poco a poco, kilómetros por una carretera con unas vistas fabulosas,  acampando en un lugar próximo a uno de estos de un pueblitos y a la orilla un río. Al día siguiente, cuando nos despertamos, nuestras tiendas de campaña y bicis estaban totalmente mojadas; esperamos un rato a que el sol las secara y de nuevo a pedalear y de nuevo más oh! my legs. Pero… ¡qué paisajes! y ¡qué subida!, subíamos y subíamos, parecía que nunca coronaríamos el TiziI Ntest, el puerto de 2100  metros de altitud donde nos encontrábamos. Pasamos por otros pueblos y ya esto no era como el Marruecos de los días anteriores y aunque de vez en cuando nos encontrábamos con algún paisano ya no era encontrarse gente y gente por todos los lados. Otro aspecto que había cambiado, y aunque estábamos en una zona muy aislada y los pueblos, como ya he dicho, muy pequeños, era que ahora las mujeres, muchas de ellas, nos miraban,  nos saludaban e incluso se sonreían; antes normalmente las mujeres al vernos pasar miraban para otro lado y, por supuesto, no nos saludaban.

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Llegamos a un alto que  llevábamos divisando desde hacía muchos kilómetros  y que pensábamos que era el fin de la subida pero al llegar nos dimos cuenta que no era así, que teníamos que seguir subiendo. Paramos, hicimos unas fotos pues el lugar lo merecía y desde donde se veía la empinada carretera por la que habíamos subido en zig-zag.  Al poco tiempo de dar más pedales llegamos a otro alto, Garem me dijo: -finish, -yes yes, le contesté. Nos pusimos la chaqueta, había que abrigarse para el descenso. Unos metros más adelante vimos a un señor, estaba apoyado en un árbol, cara al sol, con la capucha puesta y su chilaba, con una mano sujetaba la estrecha y larga pipa de kif, le saludamos y le preguntamos como pudimos, ¡ya sabéis!… gestos, palabras sueltas en francés, en árabe, en español, sobre el descenso; nos respondió al saludo sin hacer prácticamente ningún gesto ni movimiento y  solamente con la mano que no sujetaba la pipa y abierta nos indicó hacia abajo diciéndonos, en francés, 3 kms. Pensé,  no puede ser, tenemos que bajar casi 2000  metros de altitud y eso, creo yo, no puede hacerse solo en 3 kms. Pero el fumador de kif que dejamos tranquilamente apoyado en el árbol tal como no le encontramos tenia razón, bajamos unos 3 kms y de nuevo…!otra subida!, menos mal que no fueron más que 2 kms. y por fin, y ahora sí, coronamos el Tizil Ntest. En el lugar había un bar y en la terraza una pareja de alemanes y su guía francés sentados   y  en el  aparcamiento tenían un poderoso “todorreno”; el alemán, al vernos llegar con las bicis, se puso a aplaudirnos, ¡hay gente para todo!. Paramos y aunque teníamos hambre, solo tomamos un café. El precio de la comida era para turistas por tanto muy caro para nuestras economías. Comenzamos el descenso; por este lado, el sur de la montaña, y prácticamente sin vegetación y muy árido, se podía divisar toda la planicie desértica y muchos, muchos invernaderos.

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¡Qué bajada!, ¡cómo disfruté!, prácticamente 30 kms en los que no era necesario dar pedales y de vez en cuando tenia incluso que tocar el freno y llevar mucho cuidado, sobre todo al principio, porque ¡qué precipicio y cómo estaba la carretera!, con grandes y profundos baches, y además podías al tomar una curva encontrarte unas cabras sueltas o dos coches de frente, uno adelantando a otro, así que despacio y disfrutando de la bajada y de sus vistas.

 

Llegamos a un pueblo bastante grande donde ya sí que eran precios, como los marroquíes dicen, democráticos. Comimos un tajine, compramos agua y algunas cosas más, salimos del pueblo y buscamos un lugar para acampar. Al día siguiente Garem y yo nos despedimos, el iba dirección Quarzazate, es decir hacia el sur-este del país y yo hacia el sur-oeste, hacia la costa.

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Mucha gente, a la vuelta de algún viaje, me pregunta que  ¿qué  como?. Os contaré. Cuando acampo desayuno cereales con café y  leche, o pan con mermelada. Para comer, y sobretodo estos días que viajé con Garem, que le encantaba los tajines, muchos días parábamos en algún pueblo y comíamos tajine, que es un plato típico marroquí que se hace a fuego lento en un plato de barro tapado con un “cucurucho” también de barro, dentro hay patatas, zanahorias, especies y puede ser de pollo o carne de cabra, oveja,… según las zonas del país varia un poco. En restaurantes, no turísticos, su precio suele ser “democrático”, unos 30 dirhams, es decir unos 3 euros. Por la noche tomo pasta, arroz,  sopa, que hago en la cocinilla.  En alguna parada durante el día tomo té, café, fruta, chocolate,…

 

Salud.