Tormenta de arena en el sur del Sahara Shael

Cuaderno de ruta: Nouabhidou, Nouakchott, 450 kilómetros

 

Cuaderno de ruta: Nouabhidou, Nouakchott, 450 kilómetros

 

Después de pasar un par de días en Nouabhidou compramos provisiones para los siguientes días de pedaleo que nos esperaban hasta llegar a Nouakchott, la capital de Mauritania. Nuestro comentario fue lo caro que era este país. La fruta, las verduras, la pasta, el arroz, las latas de conserva, la leche, las galletas, etc, por citar algunos productos básicos, eran carísimos y es que en realidad todos los productos son importados, muchos de España. Mauritania al ser su territorio desértico y por la falta de industrias no produce prácticamente nada.

Era el 2 de febrero. Sé que cuando vosotros leáis esto será mucho mas tarde. Motivos de conexión a Internet.

 

Salimos de la ciudad por la mañana, pedaleamos por la carretera que sigue paralela a la vía del tren, el tren  que recorre la península en la que está situada la ciudad y que según dicen es el más largo del mundo, con nada menos que 3 kilómetros de largo y que transporta el hierro de una mina situada a  más de 700 kms del puerto de Nouadhibou. Mira, …por lo menos produce hierro. Curiosamente el tren transporta alrededor de 20.000 toneladas desde una gigantesca mina situada en mitad del Sahara y el viaje puede llevar todo el día cruzando uno de los lugares más desolados del planeta y es arrastrado por tres o cuatro locomotoras de 3.300 CV cada una que mueven los más de 200 vagones y a los que se han unido recientemente dos vagones de pasajeros en la cola pero aún así son muchos los que prefieren viajar en lo alto de los vagones de carga. Estos 700 kms. de vía que unen las minas de hierro con Nouadhibou son los únicos de Mauritania.

Los primeros kilómetros por la desértica península fueron tranquilos y fáciles de hacer, pero poco a poco empezó a soplar el viento y con ello el cielo empezó a ponerse de un color raro para ser cielo, un color medio marrón que dificultaba la visión. Comenzaba la tormenta sahariana o shaeliana que a partir de ahora nos acompañaría varios días. Era impresionante como la fina arena del desierto corría por encima de la carretera, como al chocar contra mi cuerpo me producía dolor como si me clavasen agujas, como, esta fina arena, se metía por todos los ladosen la boca, en los oídos, por todo mi cuerpo, en las zapatillas, en las alforjas, en la bici, …

El avanzar resultaba una tarea penosa, además el viento siempre soplaba del costado izquierdo y un poco de frente. Salimos de la península de unos 40 kilómetros y llegamos al cruce que viene de la frontera de Marruecos por el que habíamos pasado unos días antes. Paramos y nos refugiamos del viento en una pequeña construcción,  cocinamos unos espaguetis y preguntamos a varias personas que cuándo terminaría la tormenta, que si era normal,… la respuesta de todos fue la misma: -illalah-, que significa: -Alá sabe-. Terminamos de comer y decidimos seguir pedaleando.

 

 

 

Que poco, pequeño e indefenso  te sientes con esa fuerza de la naturaleza. No se veía a unos pocos metros, era como una espesa niebla pero en vez de nubes de agua era arena en suspensión a gran velocidad. Lo poco que se podía ver del paisaje, aunque era desierto no era como el sahariano donde prácticamente no hay nada, nos permitía divisar algunas casas de madera aisladas, algunas haimas, algunas palmeras y algunos camellos.

 

Paramos a por agua en una de esas humildes casas y donde nos invitaron tres señoras a tomar te, ¡qué diferente a Marruecos¡ -pensé, lugar en donde tres mujeres solas te invitaran en su casa a tomar té es… casi imposible. Tomamos tres vasitos de té allí sentados encima de una alfombra, hablamos, como pudimos, sobre algunas cosas, nos llenaron nuestras botellas de agua y nos despedimos.  Al subirme en mi bici la rueda trasera hacía un raro ruido por lo que paramos a ver que ocurría. La arena se había metido en el disco del freno y había doblado una patilla. Mientras lo arreglábamos vimos a otro ciclista, era Enrico, un argentino, que desde ese momento se unió al pelotón sueco-español, y ahora también argentino,  para luchar contra el viento y la fina arena del Shael, la sable en francés.

El viento siempre del lado izquierdo y de cara y por momentos no se veía más que unos pocos  metros de la carretera. Esa noche dormimos en una vieja casa abandonada para refugiarnos del viento, aunque éste por la noche afloja bastante, pero al día siguiente la tormenta, que si en principio nos dejó un rato pedalear, empezó de nuevo y con ella la arena por todos los lados y la sensación de sed que nos producía a pesar de beber y beber agua y a esto teníamos que añadir el calor que hacía, más de 30 grados; ese día, según los cálculos de Enrico, bebimos cerca de 9 litros cada uno. Por la noche acampamos detrás de una grande y bonita duna, el viento como la noche anterior se calmó un poco y…tuvimos la visita de la policía que nos dijo que habían visto los reflejos de las bicis desde la carreta,  que cómo se nos ocurría acampar allí, que si nos pasaba algo era su responsabilidad, etc, pero, al final, con la condición de tapar los reflejos de la bicis, nos dejaron dormir en la duna, una maravilla. Al día siguiente otra vez viento aunque menor que los días anteriores; esto nos permitió avanzar algún kilómetro más que en las jornadas anteriores y poder contemplar mejor el fabuloso paisaje. ¡Que hermoso desierto¡… dunas, camellos, haimas, palmeras…Aún hicimos dos noches más y el último día y en una jornada más que maratoniana, y ya sin nada de tormenta aunque eso sí con algo de viento que en buenos ratos nos ayudó, llegamos a Nouakchott, la capital de Mauritana. La sensación de los tres fue la misma: qué bonitos días, qué experiencia pero… qué dura física y mentalmente y creo, sinceramente, más mental que física. Fue sin duda una experiencia única, atravesar el Shael con esa tormenta de arena, buscando y pidiendo litros y litros de agua en las humildes casitas y haimas, preguntando a los lugareños que cuándo terminaría y siempre con su misma respuesta –illalah-, (Alá sabe), sintiéndome, sintiéndonos, tan poca cosa en esa inmensidad y en esa naturaleza que parecía que se había enfadado con esos tres ciclistas osados que se atrevían a desafiarla. Pensé y pienso en lo dura que es la vida de  la gente que vive en este territorio y ahora entiendo mejor su vestimenta, el turbante y la ropa suelta y larga así como su dedicación  a la cría de camellos para obtener leche y carne.

Nouakchott me resultó una capital rara, se puede decir que es nueva como el país, no cuenta con más de 50 años, no tiene una estructura normal con un centro, una periferia, un lugar más administrativo, no tiene calles con aceras sino avenidas sin orden con mucha arena y mucha basura por todos los lados y una zona con un gran mercado. Hay mucha población negra, lo cual me sorprendió, pero creo que el poder económico lo ostentan  los árabes y solo hace falta observar  un poco los diferentes aspectos de la ciudad para darse cuenta de ello. Observar como los coches, muchos de ellos modelos muy caros, y los grandes y potentes todoterrenos son conducidos por los árabes, incluso por mujeres árabes con su velo musulmán, y si se ve alguna persona negra conduciendo un coche, éste es un viejo y destartalado vehículo y es taxi. Así está repartido el mundo.

 

Salud.

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